domingo, 9 de noviembre de 2008

Ponle freno

Muchas veces, las iniciativas ciudadanas tienen la virtud de desenmascarar las carencias de los gobiernos, proponiendo soluciones concretas a problemas cotidianos, problemas que no son detectados por el estamento político porque hace mucho tiempo que dejaron de vivir la realidad, aupados como están en su Olimpo particular.

Más importancia tienen estas iniciativas ciudadanas cuando su objetivo es salvar vidas, dejando al descubierto las vergüenzas de un gobierno que se empeña en mirar para otro lado y en proponer soluciones incorrectas para problemas mal diagnosticados. Y un especialista en diseñar soluciones ineficientes es el ínclito Director General de Tráfico, señor Pere Navarro.


Yo siempre he sido de la opinión de que la disminución en el número de accidentes en carretera tenía más que ver con la reducción en el uso del coche, primero, y de la venta de coches, después; si llevábamos muchos años en los que el parque automovilístico crecía constantemente, mientras que el número de accidentes crecía con una tasa menor, era evidente que, cuando el número de coches dejese de crecer, los accidentes debían reducirse. Sin puntos, sin multas y sin radares. Pero desde la DGT llevan años criminalizando a los conductores, tratándonos como asesinos en potencia, o incluso como peligrosos criminales; poniendo radares en vías donde rara vez se ha visto un accidente y abandonando los tramos de carretera donde mayor cantidad de muertos se acumulan: los famosos "puntos negros", renombrados recientemente como PCAs, para quitar dramatismo.


Por ello son especialmente valiosas campañas como la llamada "Ponle freno", que pretende algo tan sencillo como que las administraciones propietarias de las vías de circulación informen a los conductores dónde se encuentran esos lugares peligrosos, lugares donde se concentran la inmensa mayoría de los accidentes mortales, y que, curiosamente, no se encuentran en las largas rectas de las autopistas, donde se concentran la mayor cantidad de radares. El conocimiento de que nos aproximamos a un tramo donde ha muerto una cantidad anormalmente alta de personas nos permitirá extremar las precauciones y estar prevenidos ante cualquier imprevisto que pueda acabar provocando un accidente.


¿Por qué es especialmente importante este conocimiento? Porque, a pesar de las consignas que nos martillean desde hace años, un conductor, sobre todo en un viaje largo, no puede estar continuamente en estado de máxima alerta, previendo cualquier tipo de imprevisto. Cuando estamos al volante, asumimos que delante de nosotros tenemos un camino despejado, y en condiciones aceptables para circular; es imposible conducir asumiendo que, detrás de cada curva nos vamos a encontrar con una vaca en medio de la carretera.


Tampoco ayuda la excesiva proliferación de señales de peligro y de prohibición. Cuando en determinados tramos de la autopista A6 en Madrid (seguramente una de las autopistas más seguras de España) nos encontramos con limitaciones de velocidad a 90 kilómetros por hora sin ninguna justificación, la próxima vez que nos encontremos esta señal de limitación en otra carretera, no podremos saber si realmente indica un tramo que, por su riesgo, deberíamos pasar a esta velocidad, o si es otro capricho del legislador, que necesita tramos con limitaciones absurdas para poner multas. Asimismo, no es lo mismo una señal de curva peligrosa en una carretera ancha, con arcenes, buen firme y una única trazada, que la misma señal en una carretera estrecha, mal pavimentada y con varios cambios de trayectoria y un cambio de rasante. Esta última seguramente se convertiría en una trampa mortal, y es una aberración que ambas se señalicen de la misma forma.


¿Qué lleva, entonces, a la DGT, a no hacer suya esta campaña y a no señalizar los puntos donde tenemos mayor probabilidad de dejarnos la vida? Cualquiera que haya leído habitualmente las entradas de este blog sabrá que no suelo ser malpensado, pero algo me hace temer que interesa mantener elevado el número de muertos en carretera para ejercer acciones punitivas sobre los tramos de baja siniestralidad, con un afán puramente recaudatorio. En las manos de la DGT está el demostrar que esto no es cierto.

lunes, 20 de octubre de 2008

Ensañamiento terapéutico

De piedra me he quedado el otro día cuando conocí el caso de Eluana Englaro. Más de piedra teniendo en cuenta que, después de la repercusión internacional que tuvo el caso de Terry Schiavo, había creído (bendita ingenuidad) que nunca más se iba a repetir nada por el estilo.

Para el que no lo recuerde, Terry Schiavo era una estadounidense que, tras pasar más de quince años en estado vegetativo, murió después de que una controvertida sentencia judicial decretase que debía ser desconectada de las máquinas que la mantenían con vida. Pero Terry no estaba conectada a ninguna máquina. El daño cerebral que había sufrido cuando una bajada de potasio le provocó un ataque al corazón le afectó únicamente a su corteza cerebral, por lo que ninguna de sus funciones básicas fueron afectadas. Entonces, la solución aportada por los médicos y algunos de sus ¿familiares? fue eliminarle la sonda por la que le daban de comer. Al cabo de unos días, moría de inanición.

El caso de Eluana Englaro es, si cabe, todavía más sangrante. Eluana quedó en estado vegetativo irreversible el año 1992, tras sufrir un accidente de tráfico, y a diferencia de Schiavo, necesita de diversas máquinas para continuar viviendo. En una actitud que ni le honra ni todo lo contrario, Eluana había dicho tiempo atrás que, en caso de quedar en esta situación, quería que desconectasen las máquinas que la mantuviesen con vida. O, al menos, eso dicen sus familiares. Yo la entiendo. Yo querría que conmigo hiciesen lo mismo.

Pero en Italia no es legal desconectar a un enfermo en estado vegetativo de las máquinas de soporte vital. Por lo tanto, el médico que se atreviese a hacerlo se enfrentaría a un cargo por asesinato. La eterna disputa entre los partidarios del derecho a una muerte digna y los detractores de la eutanasia estaba servida. El asunto estaba en los tribunales, esperando una resolución que sentase jurisprucidencia en el sistema judicial italiano. Y la sentencia ha salido, y es lo que ha hecho que me quede de piedra. En una especie de solución salomónica, los jueces han decidido que desconectar los respiradores es técnicamente un homicidio, y como tal, está penado, pero retirarle la alimentación y la hidratación no lo es.

Es decir, que han condenado a Eluana a morir de hambre y sed, de la misma manera que lo hicieron hace unos años con Terry Schiavo, pero con el agravante de que han sentado un precedente que podrá ser utilizado de ahora en adelante. Se ha abierto la puerta para que, en los hospitales se deje de dar de comer a cualquier enfermo impedido, que son casi todos, por cierto. Un parapléjico que no pueda moverse de su cama dejará de recibir su ración diaria de comida y bebida, y al cabo de cinco días habrá saboreado las delicias de una muerte digna. Un anciano con Alzheimer morirá de la forma mas digna cuando los celadores dejen de pasar la bandeja de comida por su habitación. Un joven que se amputó la pierna en un accidente de moto dejará de penar en esta vida cuando el director del hospital decida que no tiene suficiente dignidad en la pierna que le queda, y le elimine su alimento diario.

Que aprendan el Doctor Montes y sus mentores en la izquierda. Con lo cara que sale la morfina, en Italia han encontrado el remedio perfecto para morir dignamente en estos momentos de crisis. Basta con no alimentar a los futuros finados.

Es posible que el comentario me convierta en un fascista retrógrado y ultraconservador, pero no soy capaz de entender este planteamiento tan progresista. Para mí, dar de comer a un enfermo no es ensañamiento terapéutico.

lunes, 22 de septiembre de 2008

Insidiosa reconquista

No sé por qué, pero llevo varios días recordando un artículo de Juan Luis Cebrián en El País, resumen de una intervención suya en un homenaje a Juan Goytisolo. Decía en él que sin las Cruzadas y la Inquisición, sin la insidiosa Reconquista ibérica, podríamos –¿quién sabe?– haber asistido al florecimiento de una civilización mediterránea, ecuménica y no sincretista, en la que convivieran diversos legados de la cultura grecolatina, lo mismo que conviven hoy las dos Europas, la de la cerveza y el vino, la de la mantequilla y el aceite de oliva, en una sola idea de democracia.

Reconozco que me encanta hacer (de vez en cuando) ejercicios de "historia-ficción"; imaginar qué habría pasado si no hubiera muerto tan joven Alejandro Magno, si el cristianismo no hubiese arraigado en la sociedad romana o si Alemania no hubiese entrado en guerra contra la Unión Soviética. Son ejercicios que ayudan a mantener la mente despierta y abarcar otros escenarios distintos del actual. Sin embargo, asumo desde el principio que cualquier intento de establecer estos ejercicios como algo demostrado es vano, ya que la cantidad de factores que intervienen en la Historia hacen que el desarrollo de los acontecimientos discurra por cauces casi infinitos.

Yo también me he preguntado muchas veces qué habría pasado si en la Península Ibérica no se hubiese llevado a cabo el proceso de reconquista y repoblación que sucedió durante casi ocho siglos, y siempre he llegado a la conclusión de que, la única forma de saberlo a ciencia cierta sería encontrar un pueblo que hubiese pasado por nuestros mismos avatares históricos (desde la prehistoria hasta la invasión musulmana) pero que luego no se hubiese librado de ésta. ¿Existe este pueblo? Veamos:

Debería tratarse de un pueblo con unas raíces genéticas similares a las nuestras, lo que implicaría un origen común o muy cercano. Esto, por lo tanto, debe implicar que se trate de un pueblo mediterráneo; un pueblo que, a lo largo del tiempo, haya recibido influencias orientalizantes mediante el asentamiento de colonias comerciales griegas y fenicias; un pueblo que, tras haber sido dominado por los cartaginenes, hubiese caído bajo el poder romano, permaneciendo bajo su dominio hasta que se derrumbase estrepitosamente, allá por el siglo V; un pueblo que, desde entonces, haya alternado la sumisión entre pueblos germanos y el imperio bizantino, para, a finales del siglo VII o principios del VIII, haber caído bajo el dominio de los árabes, del que nunca se hubiese librado, al no haber padecido la Insidiosa Reconquista de la que habla Cebrián, y que sí sufrió España.

¿Demasiados parámetros para tener en cuenta? Es posible. Puede que, aun encontrando un pueblo que siguiese al dedillo esta serie de acontecimientos, no sirviese como ejemplo para este ejercicio. Pero, no sé por qué, cada vez que pienso en estos pueblos, se me vienen a la cabeza Marruecos, Argelia o Túnez; sin duda, tres civilizaciones mediterráneas, ecuménicas y no sicretistas, en las que conviven los diversos legados de la cultura grecolatina.

En otras palabras: el colmo de la tolerancia, vaya.

martes, 2 de septiembre de 2008

Categoría 5

Al final, la sangre no ha llegado al río, y el río no ha anegado medio Louissiana, como muchos llevan esperando desde hace tiempo.

Cuando hace tres años el Katrina provocó una catástrofe en Nueva Orleans, millones de gargantas elevaron su voz para clamar contra el cambio climático, que había producido ese ciclón asesino. Dejándose arrastrar por la corriente, los funcionarios del IPCC, y sobre todo, el ilustre Al Gore, vaticinaron que el aumento de la temperatura en el Golfo de México produciría en el futuro un aumento en el número e intensidad de los ciclones en el Atlántico Norte. Y claro, el problema del IPCC es que resulta de lo más convincente... excepto cuando hace predicciones a corto plazo, ya que, hasta la fecha, ninguna se ha cumplido.

Llevan desde hace tres años esperando el huracán que se lleve por delante todo el sur de Estados Unidos para poder emerger de entre las tierras anegadas con el "te lo dije" de la autosatisfacción. Pero la Naturaleza se resiste a darles la razón. Cada año permanecen atentos a sus pantallas para ver si, esta vez sí, el Armaggedon se desata sobre las tierras bajas del río Mississippi, para regresar después a sus cubiles esperando el próximo ciclón. Y es que, aunque les duela, el número de huracanes y su intensidad han descendido desde el Katrina.

Este año todo estaba de cara. Gustav, un ciclón de categoría 4, entraba en el Golfo de México tras haber golpeado Cuba, Haití y Puerto Rico, y se dirigía directo hacia Nueva Orleans. Las noticias fueron unánimes: se fortalecerá durante su paso por el mar para llegar a Louissiana con categoría 5 y vientos de más de 300 kilómetros por hora. Era el desastre. La ciudad estaba sentenciada. Se organizó la evacuación de más de dos millones de personas. Bush se atrincheró en el gabinete de crisis y Gore se agazapó en su madriguera dispuesto a saltar sobre las centrales térmicas...

Sin embargo, dispuesto a llevar la contraria al IPCC, Gustav perdió intensidad a su paso por Cuba y entró en el Golfo de México con categoría 3. Los expertos auguraron un fortalecimiento durante su travesía por el recalentado mar y su llegada a la costa igual de destructivo, pero, lejos de obedecer las órdenes de los salvadores del planeta, el indisciplinado huracán siguió perdiendo fuerza para llegar al delta del Mississippi con categoría 2 y convertirse de inmediato en una tormenta tropical, en su camino hacia Texas.

Ya se está formando un nuevo ciclón en el Atlántico (Hanna), pero parece que habrá que esperar al año que viene para contemplar la tormenta perfecta que borre a la tóxica raza humana de la faz de la tierra.

Definitivamente, lo que no deja de aumentar es el número de tontos de categoría 5, que, además, se están fortaleciendo.

martes, 12 de agosto de 2008

PAC

El otro día fui a comprar manzanas.

Comparé precios y me di cuenta de que en Mozambique estaban baratísimas: me cobraban 10 cuando en España me pedían 50; así que me dije: perfecto, me compro trescientas mil toneladas, las vendo en España a 20, y consigo tres objetivos: ayudo a controlar la inflación (que está disparada), meto dinero en Mozambique, que buena falta les hace, y yo me hago inmensamente rico.

Pero algo falló; cuando fui a pedir los permisos al ministerio correspondiente me dijeron que no podía hacer eso, porque si vendía a ese precio los agricultores españoles no podrían hacer frente a la competencia y se arruinarían, por lo que me iban a cobrar 80 en concepto de aranceles.

Todo mi gozo en un pozo, decidí que mi negocio había fracasado antes de empezar, y compré mis manzanas a un francés muy amable, que me las cobró a 60, porque la inflación está disparada, y estaban destruyendo excedentes para mantener los precios elevados.

El caso es que el dinero que tenía apalabrado con Mozambique no les llegó, y muchas de las inversiones comprometidas no se pudieron llevar a cabo por falta de liquidez, con lo que su crisis se agravó. Entonces, vino el gobierno a decirme que le entregase una parte de mis beneficios para hacerlo llegar a Mozambique en concepto de ayuda al desarrollo. Protesté enérgicamente, porque me parecía un timo que no me hubiesen permitido invertir en Mozambique, que me hubiesen obligado a gastarme seis veces más dinero en comprar mis productos en Francia, y ahora me hiciesen pagar más dinero para entregárselo a Mozambique. Me dijeron que así eran las cosas y que, de todas formas no me podía negar, porque estaba previsto en los presupuestos generales, y ya me lo habían quitado vía impuestos.

Con ese dinero compraron trescientas mil toneladas de manzanas, que se hicieron llegar a Mozambique como ayuda humanitaria, y se repartieron entre la población. La gente, entonces, dejó de comprar manzanas a los agricultores locales, con lo que éstos se arruinaron, dejaron de atender sus cultivos por falta de dinero, y enormes extensiones de manzanos quedaron baldías. Cuando la ayuda internacional se acabó, los mozambiqueños ya no tenían dónde comprar manzanas, lo que hizo que sobreviniera una gran hambruna que tuvo como resultado que, durante dos meses, tuviésemos en el telediario de las tres de la tarde imágenes de negritos de ojos tristes y barrigas hinchadas, víctimas del capitalismo feroz que esquilma los recursos de los países del tercer mundo.

Ayer, unos de una ONG vinieron a mi casa para que apadrinase a un niño mozambiqueño por una módica cantidad... Casi se me saltan las lágrimas.

sábado, 2 de agosto de 2008

Hay que apretarse el cinturón

Pues sí. Parece ser que apretarse el cinturón se está convirtiendo en la panacea para salir airosos de esta crisis-que-no-es-crisis. Y no sólo por parte del gobierno: desde casi cualquier ámbito se está recomendando la austeridad como solución. Es evidente: como la culpa de la crisis no la tenemos nosotros, sino que ha sido creada por Estados Unidos con la guerra de Irak y las hipotecas subprime, no podemos hacer nada para intentar corregirla. Sólo podemos tener confianza y sentarnos a esperar que escampe. ¡Ah! Y apretarnos el cinturón, que en estas circunstancias, el consumismo feroz sólo puede alimentar el fuego.

Veamos; desde hace ya años se venía asumiendo que el modelo de crecimiento económico de España estaba totalmente desequilibrado, porque no producía riqueza. Entonces, ¿cómo era capaz de crecer a un ritmo de alrededor del 4%? Apoyándose en tres patas: Construcción (fundamentalmente de vivienda residencial), consumo privado, y financiación exterior (que proporciona el dinero para las otras dos) principalmente mediante la compra de deuda pública. Estas tres patas son fruto de la ilusión de un dinero barato y abundante creado por unos tipos de interés extraordinariamente bajos.

La crisis financiera que nos tiene a todos en vilo ha incidido directamente sobre el primer y tercer pilar del crecimiento español: la falta de confianza y un dinero cada vez más caro han cortado de raíz la entrada de financiación en España, lo que nos ha llevado a una crisis de liquidez que ha hecho que, en primer lugar, los bancos se hayan vuelto súbitamente muy escrupulosos a la hora de conceder créditos, y en segundo lugar, que las empresas constructoras tengan problemas muy serios a la hora de encontrar financiación para construir las viviendas, e incluso para terminar las que ya están empezadas.

Con la entrada de capital congelada y la construcción en K.O. técnico, la única pata que podría mantener nuestra economía al ralentí es el consumo privado. La austeridad podría ser una salida, siempre y cuando el dinero ahorrado pudiese ir destinado a la financiación empresarial vías fondos de inversión o aumento de la liquidez bancaria mediante depósitos. Pero el tratamiento fiscal del ahorro en España es tan desfavorable para el ahorrador que todo apunta a que ese dinero se quedaría guardado bajo el colchón, perdiendo valor mes a mes con una inflación que supera ya holgadamente el 5%.

Por lo tanto, lo mejor que se puede hacer en estos momentos (siempre dentro de las posiblidades de cada cual) es, precisamente, consumir. Porque los efectos de apretarse el cinturón ya los estamos viviendo: empresas de automóviles que despiden trabajadores, agencias de viajes que cierran, negocios que van a la quiebra... Todo ello se traduce en lo mismo: más paro; por consiguiente, más dinero empleado en el seguro de desempleo, menos cotizantes para hacerse cargo de las pensiones y de la sanidad, lo que lleva a más carga fiscal para los que han tenido la suerte de no quedarse sin empleo.

Consumiendo, las empresas tienen una vía alternativa de financiación (la venta de sus productos). Es seguro que ésto, por sí sólo, no vaya a sacarnos de la crisis, pero por lo menos nos mantendrá a flote hasta que cambien las tornas.

Los que tienen que apretarse el cinturón son las administraciones públicas, reduciendo su tamaño, eliminando ministerios inservibles (se me ocurren, de momento, dos) y reduciendo la carga fiscal sobre las familias y las empresas. Ésto, y no la austeridad de los ciudadanos, es lo que nos sacará de la crisis.

martes, 15 de julio de 2008

Acatar la ley

Una de las cosas buenas que tiene la democracia es que simplifica enormemente las relaciones sociales: la ciudadanía vota mayoritariamente una opción política que, con mayor o menor acierto, legisla el marco de convivencia de la sociedad; luego, si surgen discrepancias, los jueces evalúan los modos de comportamiento en base a las leyes y dictan unas sentencias que son de obligado cumplimiento. Es así de sencillo.

En la práctica, el sistema se pervierte, debido a que, o bien aparecen nuevos modos de comportamiento que no se encontraban especificados en las leyes, o bien el poder ejecutivo, amparado en el legislativo, desea desbordar el sistema legal. En ese momento la batalla se traslada a la judicatura, que debe ejecutar sentencias a sabiendas de que está bajo la atenta mirada de todo el poder político. Tras ello, empieza a ser habitual la coletilla de "acatamos la sentencia"; si ésta es seguida de un "pero", es síntoma de que no la acatan en absoluto, y si va seguida de elogios al juez, significa que, por esta vez, se ha dictado la sentencia que se esperaba.

No nos engañemos: nadie respeta las leyes. Las aplicamos si favorecen a nuestros intereses y renegamos de ellas cuando no lo hacen. Es sintomático el hecho de que cuando una sentencia contradice al Gobierno, es síntoma de la independencia judicial, mientras que si le da la razón no puede ser otra cosa que servilismo al poder político. Y estos años hemos tenido ejemplos para aburrir.

Hace un par de días ha saltado la noticia de que Ignacio de Juana va a salir de la cárcel después de haber cumplido sólo 21 años de los 3000 a los que estaba condenado. No se puede hacer otra cosa, ya que la ley prohíbía que pasase más tiempo en prisión. Afortunadamente, la ley ya se ha cambiado para que, a partir de ahora se cumplan íntegramente los treinta años de pena. ¿Qué ley era la "legal"? ¿La anterior o la nueva? Además, se ha sabido que va a vivir en un entorno donde se concentan no menos de diez víctimas del terrorismo, lo que ha hecho dar la voz de alarma. ¿Cómo se puede evitar que pasen estas cosas? En teoría, de Juana ha cumplido su pena en la cárcel; probablemente no esté rehabilitado, pero es un hombre libre, sin causas pendientes con la Justicia. Como tal hombre libre, le asiste el derecho de vivir donde le dé la gana. Si se modifica la legislación para evitar que un delincuente que ya ha cumplido condena viva cerca de sus víctimas, ¿qué clase de libertad tendrá esa persona? ¿Qué diferencia hay entre cambiar la ley e infringirla sin más?

Mucho se les llena la boca a la mayoría de los políticos sobre si algo es constitucional o no. Parece que estar reflejado en la Constitución confiere a algo una aureola de hiperlegitimidad intocable. Así, por ejemplo, no se cansan de recordar que la Constitución española garantiza el derecho a una vivienda digna. Parece ser que esa maldita frase obliga a los gobiernos a gastarse nuestro dinero en viviendas para todo el mundo. Sin embargo, la Constitución también consagra la prevalencia del varón sobre la mujer en la línea sucesoria al trono de España. ¿Qué diferencia hay entre las dos frases? ¿Es acaso una más constitucional que la otra?

Algo parecido pasa con la ley sobre el aborto. Una ley que regula minuciosamente los casos en los que se puede abortar, pero que parece que a la progresía se le ha quedado pequeña. La última ocurrencia de la Vicepresidenta ha sido decir que se van a buscar fórmulas "imaginativas" para hacer una ley "vanguardista". ¿Qué diferencia hay, entonces, entre un médico que practica un aborto fuera de los casos que establece la ley y un gobierno que modifica la ley a su antojo para que se puedan hacer cosas que antes estaban penadas?

Es muy difícil acatar las leyes cuando establecen formas de comportamiento que no nos agradan. Es más difícil aún cuando, como es nuestro caso, las leyes tienden a regular hasta los más insignificantes de nuestros actos; de esta forma, pequeños cambios en el comportamiento social exigen cambios legislativos que de otra forma no habrían sido necesarios.

Tenemos demasiadas leyes. El Gobierno se mete demasiado en nuestras vidas. En vez de tanta legislación tan específica, lo que necesitamos es, primero, un marco moral de comportamiento bien definido; segundo, pocas leyes generales que regulen ese marco de comportamiento; y tercero, jueces independientes que interpreten esas pocas leyes en función del marco moral. Cuando consigamos esto, no hará falta que el gobierno de turno cambie la legislación para que los terroristas no puedan ocupar cargos públicos, para que no haya calles con nombres de asesinos o para que un asesino no pueda montar una tienda bajo la casa de su víctima.