viernes, 29 de junio de 2012

Salir de la crisis (II)


Decíamos en la anterior entrada que la única manera de salir de esta crisis con un mínimo de solvencia, con las garantías de no volver a caer en el pozo a los pocos años, es asumir que somos pobres, comportarnos como tales y, a partir de ahí, luchar para salir de esa situación, como lucharon nuestros abuelos y nuestros padres para colocarnos en la situación en la que hemos vivido estos años. ¿Podremos hacerlo? Yo creo que no.

Y creo que no podremos hacerlo porque nos falta una herramienta con la que sí contaron ellos, lo que nos ha dejado inermes a la hora de enfrentarnos a casi cualquier situación que nos podamos encontrar en la vida. Me refiero a la educación.

Evidentemente, no voy a decir (porque es mentira) que la educación en la época de nuestros abuelos estuviese más extendida que en la actualidad, ni que (a igualdad de capacidades) todos tuviesen las mismas oportunidades de estudiar. Afortunadamente, en ese aspecto hemos mejorado mucho. Pero sí estoy convencido de que, comparativamente, la calidad de la enseñanza hace cincuenta o sesenta años estaba muy por encima de la actual, sin tener internet, medios audiovisuales, ni, muchas veces, libros o incluso cuadernos.

Hoy, sin embargo, me da la impresión de que no importa tanto la calidad de la enseñanza impartida como que esta enseñanza llegue a todo el mundo. Sé que este propósito es muy loable, pero convertir el sistema educativo en una especie de sistema de estabulación de niños-adolescentes-jóvenes, hasta una edad cada vez mayor, con el único objetivo de retrasar su incorporación al mundo laboral y que no nos disparen las cifras de paro, no puede tener sino efectos devastadores sobre la economía y la sociedad en su conjunto.

A mi entender, sólo existen dos formas de triunfar en la vida y, a la vez, hacer que el resto de la sociedad triunfe también: el conocimiento y el esfuerzo. Desafortunadamente, ambos están desapareciendo a pasos agigantados de nuestro sistema educativo: con el único objetivo de que nadie quede desplazado y homogeneizar así a los alumnos se reduce la exigencia del sistema, con lo que los conocimientos adquiridos son mínimos, y el esfuerzo necesario para conseguirlos se minimiza también. Si a eso añadimos una cultura en la que se exacerban los derechos que tienen los jóvenes, estaremos inculcando en ellos la convicción de que pueden vivir indefinidamente de sus padres hasta que el Estado les proporcione un método alternativo de vida.

Es triste, pero, en la vida, la igualdad no existe. Ni debería existir tampoco. Vamos a tratar de evitar el topicazo de que los hijos de los ricos lo tienen más fácil para llegar a tener la vida resuelta. Probablemente es cierto, pero, entonces, el deber de la sociedad es dar a los hijos de los menos ricos la posibilidad de competir contra ello. Y no se consigue, desde luego, dando una plaza gratuita en la Universidad a todo hijo de vecino. Si todo el mundo tiene un título universitario, pagado con el dinero del contribuyente y sobrefinanciado con becas públicas, quien conseguirá finalmente destacar sobre el resto será aquel que haya realizado un doctorado o un master, es decir, quien tenga dinero para pagarlo.

Conocimiento y esfuerzo. Finalmente, los que triunfarán en la vida serán, por un lado, aquellos que tengan la capacidad intelectual de ocupar un puesto muy especializado que aporte un gran valor a la sociedad, y por otro, los que tengan una gran capacidad de trabajo que sea, además, convenientemente recompensada, tanto si es un asalariado como un empresario. Aquellos que, además, combinen estas dos capacidades se podrían convertir en los grandes creadores de nuestra sociedad.

Para esto sólo es necesario que aquellos que tengan la capacidad de estudiar vean despejado su camino, y aquellos que no la tienen, encuentren una vía alternativa. No se trata de una dicotomía entre listos y tontos, ni entre pobres y ricos. Lo que no tiene ningún sentido es que alguien quiera montar una industria y no pueda hacerlo porque en España faltan maestros torneros; mientras alguien que podía haber aprendido ese oficio y haberse labrado un futuro desperdició sus mejores años en una universidad pública para obtener con mucho sufrimiento un título que no le sirve para nada, y que le ha condenado a la cola del paro, porque lo que se necesita en España son torneros, y no biólogos.

Y mientras la forma de entender la educación en España no cambie, seguiremos condenados a vivir del dinero de los demás.

miércoles, 20 de junio de 2012

Salir de la crisis (I)


Después de cinco años de tribulación económica (sí, yo soy de los que piensan que esta crisis comenzó en agosto de 2007) muchos comienzan a asumir esta situación como permanente. Llevan tanto tiempo diciéndonos que se comienza a ver la luz al final del túnel que es legítimo pensar que se trata, en realidad, de un tren que viene hacia nosotros. Y lo peor de todo es que ninguna de las soluciones propuestas parece tener la más mínima capacidad para, si no solucionar, por lo menos aliviar la situación que vivimos.

A esto, yo añadiría la incapacidad que están mostrando todos los organismos (públicos o privados) de prever el desarrollo de la crisis, con lo que, a falta de diagnósticos certeros, no es previsible que se puedan desarrollar soluciones eficaces, ni de que este tipo de situaciones se puedan prevenir en el futuro. Por lo que parece, las perspectivas no son nada halagüeñas.

Pero saldremos de ésta. Seguro. Si el mundo occidental fue capaz de salir de la recesión del 29 tras haber tirado a la basura miles de millones de dólares y haberse embarcado en una guerra total de cinco años, no cabe duda de que hoy en día, con una economía más globalizada y sin la perspectiva cercana de una gran guerra, acabaremos por salir adelante de nuevo.

Cuestión aparte es determinar en qué condiciones saldremos adelante. Lamentablemente, todo apunta a que el peso de los distintos estados crecerá más todavía, incluso en aquellos países tradicionalmente más recelosos de su control; la intervención los sistemas financieros será aún mayor y la planificación pública de grandes áreas de la economía dejará cada vez menos lugar a la iniciativa privada. Estamos abocados a una nueva crisis (probablemente de mayor intensidad que la actual), pero ese es un toro que tendremos que lidiar en su momento; ahora debemos centrar nuestra atención en estoquear al morlaco que lleva cinco años dándonos topetazos.

Como ya he comentado arriba, estoy completamente convencido de que, salir, saldremos de la crisis. La cuestión ahora es averiguar las condiciones en las que estaremos cuando salgamos de ella. Algunos países, que partían en unas condiciones evidentemente más ventajosas que nosotros, han vuelto casi a la normalidad, y si no están ya completamente recuperados, es únicamente porque tienen que dedicar una cantidad ingente de sus recursos a sostener a otros países que quieren seguir viviendo como hasta hace cinco años.

El caso de España (y en muchos aspectos también el de Grecia) es preocupante, ya que existe una línea roja que mucha gente (y la mayor parte del espectro político) no está dispuesta a cruzar: los derechos adquiridos (o conquistados). Lo estamos comprobando estos días con las protestas de los mineros. El Gobierno se comprometió en su día a mantener una minería del carbón obsoleta y que producía un material de ínfima calidad obligando a las eléctricas a que comprasen, preferentemente, carbón nacional. Luego llegó el fantasma del calentamiento global y se redujo al mínimo el consumo de carbón, aunque se mantuvo la extracción a base de subvenciones. Hoy se intenta eliminar una actividad ruinosa y de la que no se saca ningún tipo de provecho y los mineros montan una revolución porque en diez años no han sido capaces de buscar una alternativa al carbón para ganarse la vida. Como sus abuelos morían en la mina, se han ganado el derecho de mantener un puesto de trabajo hereditario sufragado por el estado para ellos y sus descendientes.

Pero no hay dinero para esos derechos adquiridos. Las cosas que dábamos por hechas hasta antes de ayer hoy son lujos inmantenibles. Sé que este concepto puede crear mucha polémica, pero, al igual que son lujos un aeropuerto internacional en cada pueblo o una línea de alta velocidad a diez minutos de cada casa, también lo son habitaciones individuales en todos los hospitales, un ordenador para cada alumno o becas de estudios para los que no son capaces de sacar más de un cinco y medio.

Somos pobres. Debemos admitirlo. Hemos estado viviendo como nuevos ricos porque pudimos ir engañando a los ricos de verdad, que se creyeron que estaban financiando nuestro desarrollo futuro, cuando sólo estaban alimentando nuestra ansia por aparentar lo que no somos. 
 
Somos pobres. Y debemos volver a comportarnos como tales si queremos salir del hoyo; debemos volver a las listas de espera en la sanidad, a las aulas con cuarenta alumnos, a las calles mal asfaltadas, al transporte público (más) masificado… Porque debemos aprender a vivir con la riqueza que seamos capaces de producir, ya que ésa es la única forma de incentivarnos a producir más.

Cuando lleguemos a ese punto, cuando la gente comience a valorar más un puesto de trabajo que un concierto “gratuito” de David Bisbal; cuando la gente comience a darse cuenta de que no es moral utilizar los impuestos para cavar zanjas con el único objetivo de llenarlas luego de tierra; cuando se llegue a la conclusión de cualquier trabajo es honroso siempre que no sea ilegal… en ese momento estaremos en condiciones de comenzar nuestra propia recuperación, y podremos plantearnos la posibilidad de ser, de verdad, ricos.

¿El panorama es desolador? Desde luego. Pero es que hay, además, otro problema que puede poner en peligro, incluso, esta posibilidad. Lo veremos en el siguiente post.

miércoles, 11 de abril de 2012

Recortes y repagos


Reconozco que la habilidad de la progresía para la propaganda deja a la derecha a la altura del betún. En cuanto acuñan un nuevo término, bastan un par de días para que los medios afines la distribuyan por todo el país, y ya la tenemos anclada en el inconsciente colectivo, que diría Jung. Sin ningún tipo de análisis, ni reflexión, ni criterio, el nuevo mantra comienza a ser repetido por derechas e izquierdas y se convierte en verdad universal, lo que lleva a la hoguera inquisitorial a quien se atreva a discrepar.

Ya hablé en este foro hace un tiempo de los “Recortes”. Palabro afortunadísimo que sacó la progresía en el momento justo para intentar asustar al electorado sobre una más que previsible victoria electoral del PP. Desde ese momento, todo lo que pasaba en España era consecuencia de los recortes, o se consideraba un recorte en sí mismo. Así, que un profesor diese una hora de clase más a la semana era un recorte en educación; la apertura de un hospital era un recorte en sanidad y una disminución del paro era un recorte en las prestaciones por desempleo. De la misma forma, cada accidente, cada incendio, cada muerte y cada hecho desagradable han pasado a ser consecuencia de los recortes.

Como ya expuse en su momento, el verdadero recorte es quedarse en el paro, renunciar a unas vacaciones o ver mermado el sueldo cada mes por una subida de impuestos. Pero nos hemos acostumbrado a un nivel de vida al que parece que no estamos dispuestos a renunciar. Da la sensación de que nuestro “Estado del Bienestar” es el mejor que podemos tener, y que cualquier cambio en él es, necesariamente, un recorte.

Por otro lado, últimamente hemos asistido a la eclosión de un nuevo mantra: el “Repago”, usado en sustitución de copago. Lo comentó un político, lo difundió algún medio de comunicación, y, en cuestión de un par de semanas, ya lo está utilizando todo el mundo.

El término copago se utiliza desde hace tiempo, y está establecido en el ámbito médico para definir la parte de la asistencia sanitaria de la que no se hace cargo la aseguradora y debe, por tanto, ser sufragada por el asegurado. Es un modo de reducir la prima de un seguro médico que es voluntariamente aceptado (o incluso elegido) por gran cantidad de personas, ya que les permite reducir sus gastos en caso de no necesitar los servicios sanitarios.

Pero la situación cambia drásticamente cuando este concepto intenta exportarse a la sanidad pública. Por arte de birlibirloque, aquello que tenía una utilidad y era apetecido por los consumidores pasa a convertirse en un recorte de derechos intolerable; en ese momento, un político afirma que, ya que los ciudadanos están pagando por ese servicio, no debería llamarse copago, sino repago, y ya tenemos montada la algarabía general.

Tenemos en demasiada estima a los impuestos que pagamos. Es cierto que son muchos, pero, como decía antes, nos hemos acostumbrado a un nivel de vida que es imposible pagar con lo que recauda el estado, y estamos tan cegados por el brillo del “Estado del Bienestar” que no somos capaces de verlo. A ver cuándo somos capaces de darnos cuenta de que, con los impuestos que pagamos, no se cubre todo lo que gastamos en sanidad, ni en educación, ni en transportes, ni en pensiones, ni en seguros de desempleo. Si el sistema sigue funcionando es porque, en parte, hay más aportantes al sistema que solicitantes de servicios, y, en parte, porque el Estado lleva años hipotecándose, pidiendo a los “malvados especuladores” aquello que sabe que no será capaz de pagar.

Actualmente, debido al drama del desempleo, la situación ha cambiado, pero, no hace demasiado, mucha gente decidía agotar su prestación por desempleo antes de comenzar a buscar un nuevo trabajo. Era su “derecho”. Habían pagado con sus cotizaciones esa prestación y no estaban dispuestos a renunciar a ella. Nunca conocí a nadie que se hubiese tomado la molestia de sumar el dinero que cotizó durante su vida laboral y comprobar a cuántos meses de sueldo correspondían. Es más gratificante vivir en el mundo del gratis total; en ese mundo en el que ya hemos pagado por todos los servicios que hemos de recibir, y cualquier aportación adicional es un “repago”.

martes, 17 de enero de 2012

Nos suben los impuestos

Y ya tardaba. Cuando un gobernante no tiene la capacidad o la voluntad de poner coto al despilfarro de la Administración (que tantos réditos políticos proporciona) se lanza de cabeza a la actividad preferida de todos los políticos, sea cual sea su pelaje: subir los impuestos. Da igual cómo lo disfracen; pueden decir que serán los más ricos los que sufran la subida, o que el aumento será progresivo, o que las clases más bajas no lo notarán. El caso es que, al final, y pase lo que pase, la presión fiscal no deja de crecer.

Y no es que piense que haya que dejar de pagar impuestos. Hasta yo soy consciente de que es la única forma de financiar el gasto público. Lo que sí me parece es que, si no hay suficiente dinero para financiar ese gasto público, lo que hay que hacer es reducirlo, no intentar buscar fuentes adicionales de financiación. Como escuché en algún lugar, los años de bonanza económica se aprovecharon para incurrir en una serie de gastos superfluos, financiados por el abundante dinero circulante; pero ahora que no existe ese dinero, en lugar de regresar a los niveles de gasto anteriores al boom, lo que se pretende es sangrar (más) a los contribuyentes para poder mantener una estructura pública completamente insostenible.

Porque aumentar los impuestos en épocas de vacas flacas implica asumir que las nóminas de los ciudadanos son una especie de cornucopia de la que se puede sacar ilimitadamente según las necesidades del gobierno de turno. No entienden que los recortes que ellos no quieren hacer deben ser, finalmente, asumidos por los ciudadanos que ven cómo cada vez tienen menos dinero en su nómina. Que no poder pagar un seguro médico complementario de la Seguridad Social es un recorte en Sanidad; que no poder comprar determinado material didáctico para los niños es un recorte en Educación; que no poder asistir a un concierto, o visitar una exposición es un recorte en Cultura…

Dicen ahora que no hay más remedio. Que se han encontrado con un agujero más grande de lo que preveían y que sólo con los recortes que van a hacer no bastará para contener el déficit. Pero yo sí creo que hay más remedio. Yo sí creo que hay mucho gasto público del que tirar antes de saquear las nóminas de los ciudadanos. Yo sí creo que deberíamos negarnos a pagar más impuestos; personalmente, yo me niego a pagar más impuestos…

  • Mientras se sigan financiando con ellos partidos políticos, sindicatos y patronales varias.
  • Mientras se sigan subvencionando actividades antieconómicas, como energías alternativas, coches eléctricos, obras de teatro, películas de cine y comercios justos varios. El que quiera alguno de esos productos, que lo pague.
  • Mientras siga vigente el 1% cultural. Para el que no lo sepa, es la obligación que tienen todas las empresas concesionarias de obra pública de dedicar al menos el 1% de la concesión a obras de conservación del patrimonio cultural. Al final, en lo que se traduce esto es en un sobrecoste de la obra y en una puerta abierta a la corrupción y el trinque.
  • Mientras siga siendo obligatorio “adornar” las obras y edificios públicos con “obras de arte” de “artistas” nacionales. Estoy harto de ver enormes bodrios de cientos de miles de euros en todas y cada una de las rotondas por las que paso.
  • Mientras siga habiendo una sola televisión pública, nacional, autonómica o local. Si es rentable, se subasta, y si no lo es, se cierra y se libera el espacio radioeléctrico que ocupaba para otras televisiones (lo mismo aplica para las radios).
  • Mientras se sigan contratando cantantes de relumbrón para que amenicen nuestras fiestas populares; es más: mientras se sigan pagando con cargo a los presupuestos municipales las mil y una fiestas patronales de los mil y un pueblos de España.
  • Mientras se siga llevando a los jubilados a veranear a Benidorm y a los jóvenes a esquiar a Formigal.
  • Mientras se siga financiando, con la excusa de la ayuda al Tercer Mundo, a todas las dictaduras bananeras que en el mundo existen.
  • Mientras haya una sola ONG que sobreviva gracias al dinero público (¿NG no significaba No Gubernamental?).
  • Mientras haya una sola embajada, o delegación comercial, o como quieran llamarla, de cualquier comunidad autónoma, provincia o localidad, en el extranjero. Para eso tenemos una amplísima red de embajadas y consulados dependientes del Ministerio de Asuntos Exteriores.
  • Mientras sigamos teniendo trece ministerios. ¿No están transferidas casi todas las competencias a las comunidades autónomas?
  • Mientras siga existiendo el Instituto Nacional de Empleo y sus diecisiete réplicas.
  • Mientras siga existiendo un Congreso de los Diputados y un Senado. Con uno de los dos basta.
  • Mientras siga habiendo una sola empresa pública.
  • Mientras los bancos sigan recibiendo dinero público (en forma de Frobs, fondos de rescate, recapitalizaciones y mamandurrias varias).

Hay más sitios de donde recortar, pero no quiero hacer esto más largo. De todas formas, creo que como muestra es suficiente. Y no se han tocado aquí ni sanidades, ni educaciones, ni pensiones, ni seguros de desempleo, ni seguridad, ni dependencias, ni transportes… Es decir, nada de lo tradicionalmente “sensible” del mal llamado Estado del Bienestar.

El problema es que, aunque me niegue a pagar más impuestos, no voy a tener más remedio que hacerlo porque, aunque yo no tengo ninguna capacidad de obligar a mi empresa a que me suba el sueldo, el Gobierno sí que tiene la capacidad de obligarme a mí a subirle el suyo. Así, a base de estacazos, no queda más remedio que subir los impuestos.

lunes, 12 de diciembre de 2011

Ministrables

Andan los ánimos revueltos en la calle Génova. Se acerca el momento en el que el nuevo gobierno deberá tomar posesión para enfrentarse a la que es, probablemente, la mayor crisis social, política y económica del último siglo. No hay ninguna garantía de que el intento vaya a acabar en éxito, pero dependerá, en gran medida, de los nombres que vayan a hacerse cargo de los puestos de relevancia.

Todos los medios están manejando sus propias listas, haciendo sus quinielas, incapaces de penetrar en el insondable cuaderno azul de Aznar que ahora tiene Rajoy. ¿Quién estará apuntado en esa libreta? De los nombres que contenga dependerá, muy probablemente, la forma que tendrá el gobierno de enfrentarse a la crisis. Si Fulanito está en Economía, Menganito en Fomento y Zutanito en Trabajo, tendremos un gobierno básicamente austero; pero si están estos otros, seguramente tiraremos por la senda del gasto público, y si son los de más allá, puede que nos frían a impuestos…

La sensación de parálisis institucional que hay ahora mismo con respecto a España es tal, que cualquier rumor, cualquier insinuación, cualquier movimiento, por pequeño que sea, es inmediatamente devorado por los medios, los gobiernos extranjeros, los organismos internacionales, los “mercados”… intentando obtener una pista sobre cuál va a ser el rumbo que tomemos una vez termine el traspaso de poderes.

Los más osados intentan acudir a las fuentes. Abordan a Fulanito, Menganito y Zutanito en la calle e intentan que se les escape alguna primicia. Sin embargo, todo lo que consiguen es un lacónico “nosotros estamos igual, no sabemos nada, estamos muy nerviosos por si nos toca…”

Un momento: ¿no saben nada? ¿Están diciendo realmente que aquellos que serán ministros dentro de dos semanas todavía no saben que lo van a ser? Y, en caso de que sea así, ¿a qué esperan para saberlo? Han criticado (con toda la razón del mundo) al gobierno en funciones por no haber acelerado el traspaso de poderes, y nos enteramos de que los que se van a hacer cargo de los ministerios están de vacaciones, disfrutando de un merecido descanso después de la agotadora campaña electoral…

En una situación como la que estamos, los nombres del nuevo gabinete deberían haber estado decididos desde el día posterior a la convocatoria de elecciones. Es cierto que, por respeto al sistema democrático, esa decisión no debe hacerse pública, pero los nuevos ministros deberían estar trabajando en sus nuevas responsabilidades desde ese momento. Después, tras la victoria electoral por mayoría absoluta, la composición de ese gobierno debería haberse hecho pública de inmediato para que los ministros entrantes se encargasen del traspaso de poderes junto con los salientes.

Lo que no tiene ningún sentido es que este traspaso lo estén realizando los portavoces, mientras que la Ministra de Cultura está en Moscú de vacaciones, la Ministra de Economía está en México labrándose un futuro, el Ministro de Fomento está echando gasolina al coche y el resto… bueno: el resto de ministros ya no estaban antes tampoco, así que…

Espero sinceramente que las cosas no estén sucediendo así. Espero sinceramente que los nuevos ministros lleven trabajando, al menos, desde el mes de septiembre, y que el secretismo del que está haciendo gala Rajoy sea sólo una impostura de cara a la galería. Porque como no sea así… empezamos bien.

martes, 11 de octubre de 2011

Replicante

"He visto cosas que nunca creeríais: atacar naves en llamas sobre el hombro de Orión; he visto Rayos C brillar en la oscuridad cerca de las puertas de Tannhäuser… Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como las lágrimas en la lluvia. Es hora de morir…"

De lo que Roy (el novedoso replicante Nexus 6) se lamentaba, en su agonía, era de la terrible injusticia de la finitud de su propia vida. Consciente de que fue creado con una fecha de caducidad, fija, inamovible, pero desconocida, se angustiaba hasta el punto de malgastar los últimos momentos de su existencia en buscar a su creador a la espera de respuestas.

¿Qué respuestas buscaba el replicante? Ni siquiera él lo sabía. Conocer por anticipado la fecha del fin de su existencia no cambiaría en nada el hecho de que debe morir, por lo que conocer el momento sólo serviría para aumentar su angustia. ¿Qué buscaba, entonces, en su creador? ¿Qué podía ofrecerle en sus postreros momentos? No podía reconfortarlo, no podía ofrecerle ningún consuelo ante la perspectiva de dar el salto definitivo a la vacuidad.

No; Roy no buscaba respuestas: Roy quería matar a su padre; hacerle pagar por el crimen de haberlo hecho imperfecto: tan superior en todos los aspectos a los humanos… pero con la certeza de su propia destrucción pendiendo sobre su cabeza como una Espada de Damocles.

Era injusto. Él no podía desaparecer; él había visto cosas que nadie creería, cosas que no podían desaparecer en mitad de la noche como un chispazo de luz. Alguien tenía que pagar por tal vileza: su creador debía morir con él.

Lo que Roy nunca pudo entender es que él, de la misma forma que el resto de los replicantes, no era especial en absoluto. De la misma forma que él, todos hemos visto cosas que los demás no creerían; todos tenemos nuestro bagaje de cosas maravillosas que se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia; porque incluso las maravillas que hemos conseguido transmitir a los demás han anidado en nosotros de una manera única e irrepetible, de una manera que se perderá irremediablemente cuando entreguemos nuestro último aliento.

Nosotros también tenemos nuestra fecha de caducidad, fija, inamovible, pero desconocida. Nosotros también nos encaminamos, paso a paso, hacia ese punto en el que deberemos ceder el sitio a los que vienen detrás, para darles la oportunidad de ver sus propias cosas maravillosas, cosas que los demás nunca creerían. Y, al igual que hacían los replicantes, esa incertidumbre, esa angustia, nos impele a buscar a nuestro Creador en busca de respuestas. ¿Qué respuestas?

Ni siquiera nosotros lo sabemos. Saber el día de nuestro fin no cambiaría el hecho de tener que dar el salto a la inmensidad. El miedo ante lo desconocido se une al hecho de la indignación por nuestra propia pérdida, y, al igual que los replicantes, buscamos la muerte de nuestro Creador, para castigarlo por tan gran injusticia. Y una vez que ha muerto, una vez que nos hemos asegurado de estar solos en nuestra existencia, asumimos que nada cambia el hecho de que hemos sido creados con fecha de caducidad, y que ahora no hay nadie a quien podamos pedir explicaciones.

Roy terminó sus días angustiado porque había acabado con la única persona que podía haberle dado alguna pista acerca del sentido de su vida y de su muerte. Murió solo, porque no pudo aceptar que las vidas que dejaba atrás valían, al menos, tanto como la suya. Y murió aborrecido por los demás, porque su propio endiosamiento, tras haber matado a su padre, le hizo aceptar que podía disponer de la vida de los demás para aplacar su rabia y ocultar su impotencia.

A lo mejor no es tan mala idea aceptar que nuestro Creador se encuentra, en realidad, al otro lado, donde podremos obtener las respuestas a las preguntas que aún no conocemos, mientras esperamos, despreocupados, a que llegue esa fecha de caducidad que nadie en este mundo conoce.

Al final, todo aquel que se considera a sí mismo un dios, cuando se enfrenta a su propia insignificancia, descubre que no pasa de ser un vil demonio.

lunes, 3 de octubre de 2011

Patrimonio

Cuando la economía decide no darnos un respiro; cuando la gente tiene verdaderos problemas para llegar a fin de mes y todo gasto parece superfluo, tenemos tendencia a volver los ojos hacia arriba, contemplar a los que están algo mejor que nosotros, y exclamar ¡no es justo!

No es justo que, mientras que yo no puedo comprar la comida que me gustaría, o no puedo hacer frente a mi préstamo hipotecario, o directamente he perdido el piso, otros se compren un coche nuevo, o se vayan de vacaciones, o lleven a sus hijos a un colegio de pago.

Por eso, es de justicia que, mientras que las cosas no vayan bien, los que más tienen hagan un esfuerzo y contribuyan a que los más desfavorecidos puedan salir de esa situación. Para ello, el Gobierno ha decidido “rescatar” el Impuesto de Patrimonio, para recaudar un 1% de las grandes fortunas. De esta forma, se obtendrán mil millones de euros, que se dedicarán a la creación de empleo.

¿Y quiénes son los que más tienen? ¿Quiénes son esas grandes fortunas que se sacrificarán por los más necesitados? Amancio Ortega, Isidoro Álvarez, Tita Cervera, Cayetana Fitz-James, Florentino Pérez… Todos esos ricos asquerosos que han amasado su fortuna explotando al trabajador, especulando con el dinero de todos o a base de pelotazos urbanísticos.

Pero con esta gente no se llega a lo que se necesita recaudar. Hay que aplicar el impuesto a otros que no tienen tanto… pero que aun así, siguen teniendo mucho. 700.000 euros es un fortunón que ya lo quisieran muchos, así que ése es el límite a partir del cual uno es lo suficientemente rico como para ser considerado un rico asqueroso.

Pero, ¿son realmente descabellados los patrimonios de un millón de euros (descontando los primeros 300.000 de la vivienda habitual, que están exentos)?

Un matrimonio que conozco entraría dentro de esta categoría. La verdad es que no les ha ido mal en la vida: él ha tenido un buen puesto en una gran empresa de informática, hasta que se jubiló; ella viene de una familia de la alta burguesía vasca, por la cual tiene participaciones en una empresa siderúrgica de Bilbao, que le ha ido dando unas rentas aceptables.

Estas dos entradas de dinero les han permitido vivir acomodadamente. Sin grandes lujos: no tienen un Ferrari, sino un Mondeo; no veranean en la Costa Azul, sino en Gandía; no tienen un lujoso yate en Marbella, ni tan siquiera un pequeño fueraborda. Eso sí, tienen un buen piso en una zona céntrica de Madrid, y un chalet de capricho en una urbanización nada exclusiva de la Sierra Oeste.

Pero hace unos años, él se jubila, y el sueldo que acostumbraba a llevar a casa se ve drásticamente reducido. Además, hace aparición la crisis, y una serie de inversiones erróneas realizadas por la siderúrgica hace que quiebre, con lo que se acaban también las rentas. En ese momento, es prioritario cancelar todos los gastos superfluos, pero el chalet de la Sierra es un saco sin fondo que se come todos los ahorros; hay que venderlo como sea, pero, debido a la crisis, lo que se ofrece por él ni siquiera pagaría la hipoteca. Están en un serio aprieto…

Entonces llega Rubalcaba y decide que, al tener dos inmuebles con un valor catastral de alrededor de un millón de euros cada uno, forman parte de esa casta privilegiada que vive a cuerpo de rey y a la que hay que sangrar para recaudar más y alimentar a la insaciable máquina de gastar que es el Estado.

Afortunadamente para esta historia, en la Comunidad de Madrid no se aplicará el nuevo viejo impuesto. De haber sido de otra forma, este matrimonio habría tenido que pagar un total de veinte mil euros (y otros veinte mil el año que viene); un total de casi ocho millones de pesetas de los que, en este momento, no disponen.

¿Qué opciones les quedarían en el caso contrario? Vender el chalet; con urgencia, a cualquier precio, asumiendo una minusvalía de aproximadamente 400.000 euros, quedándose con una hipoteca millonaria por un inmueble que ya no poseen, y procurando gastar el dinero obtenido, para que no compute como patrimonio el año que viene.

De esta forma, un impuesto diseñado para recaudar 40.000 euros ha tenido el efecto de disminuir su patrimonio en 400.000. ¿Un 1%? El que quiera que haga las cuentas y llegue a sus propias conclusiones.

Mientras tanto, Amancio Ortega, Isidoro Álvarez, Tita Cervera, Cayetana Fitz-James y Florentino Pérez tienen su patrimonio convenientemente blindado, a nombre de sus empresas o de sociedades varias, cuando no se les aplican deducciones por los motivos más peregrinos.

Al final, señor Rubalcaba, los impuestos los pagan siempre los mismos. Lo que tiene que hacer antes de aumentarlos… es dejar de gastar.

Como hacemos todos.