viernes, 6 de marzo de 2009

La pérdida de la libertad

Escribía el otro día un post en el que apuntaba una situación aparentemente contradictoria: y es que, cuanto más se preocupa un Gobierno por nuestras libertades, cuanto más dice estar protegiéndolas, más vemos reducirse nuestra Libertad, la única. Y paradójicamente, esta pérdidad de la Libertad con mayúsculas se va produciendo por pequeñas cesiones de libertades individuales, en aras de una mayor protección, una mayor seguridad o una mayor comodidad.

¿Como se puede decir que, según vamos asentando nuestra democracia, vamos perdiendo libertades? La verdad es que la respuesta (por lo menos la que a mí se me alcanza) es muy polémica, porque implica enfrentarse de cara a situaciones que hemos aceptado, no sólo como habituales, sino como deseables.


Pongamos el ejemplo de los controles de alcoholemia realizados por la Guardia Civil de Tráfico. En principio, si realizásemos una encuesta por la calle, seguramente una amplísima mayoría estaría de acuerdo en que hay que evitar que la gente ebria coja el coche. Seguramente habrá diferencias de criterio a la hora de decidir cómo determinamos si una persona está ebria; podremos estar más o menos de acuerdo en si los límites de alcohol en sangre establecidos por la ley son demasiado restrictivos o demasiado laxos; pero seguro que la casi totalidad de los encuestados estaría de acuerdo en que la única forma de sacar de la carretera a los conductores bebidos es establecer controles de alcoholemia en la carretera.

Ahora cambiemos el escenario. Es evidente que la inmensa mayoría de la gente está de acuerdo en que hay que sacar a los narcotraficantes de la circulación. Producen un gran perjuicio a la población y se saltan todas las leyes del mundo. ¿Cómo hace la policía para detener a un narcortraficante? ¿Va registrando las casas exigiendo que abramos los armarios para ver si se guarda droga? No. Eso ya lo intentó Corcuera, y le costó el cargo. Para poder inspeccionar la casa de un narcotraficante hace falta, primero, una sospecha fundada de que es realmente un delincuente; después, aportar pruebas que dejen poco lugar a la duda, y finalmente, un juez que autorice el registro. En el caso de los controles de alcoholemia, el simple hecho de conducir un coche es motivo suficiente para ser considerado sospechoso de estar bebido, por lo que la Guardia Civil está habilitada para exigirnos unas pruebas que, sin nuestra colaboración personal, estaría incapacitada para obtener, violando, así, nuestro derecho a no declarar contra nosotros mismos. Volviendo al ejemplo anterior, ¿se imaginan que el simple hecho de que un narcotraficante se negase a abrir las puertas de su casa a la policía fuese motivo de condena? Para un narcotraficante, existe la presuncion de inocencia; para un conductor, no.

Pasa algo parecido con los controles de velocidad. Podemos estar de acuerdo en que la propia situación de los radares y la forma de obtener la "foto" implica un objetivo puramente recaudatorio. Pero aunque no fuese así, aunque todos los gobiernos estuviesen sinceramente preocupados por la seguridad de los conductores, la forma de imponer la sanción no es, desde luego, la más democrática.

Cuando un radar fijo "caza" a un coche con exceso de velocidad, en vez de detener inmediatamente el coche por el peligro que supone para el resto de los conductores e imponerle la sanción, se le deja seguir circulando y se envía la sanción por correo... al dueño del coche. ¿Qué prueba hay de que fuese el dueño el que iba conduciendo? Ninguna. Simplemente, el dueño del coche es responsable de su exceso de velocidad. Ahora bien: si éste no iba conduciendo está obligado a identificar al conductor, so pena de ser sancionado. Es decir, estamos obligados a denunciar a otro ciudadano, pero sin que exista denuncia formal; es decir, para el caso de las multas de tráfico, está aceptada la denuncia anónima, cuando está absolutamente prohibida por la Constitución.

Todos estamos de acuerdo en que es necesario reducir los accidentes de tráfico, pero eso no es excusa para establecer una "burbuja sin ley" en las decisiones de la Guardia Civil de Tráfico. Porque todos estamos de acuerdo en que deben acabarse los robos con violencia en las casas y los comercios, debe acabarse el terrorismo etarra, debe desaparecer el narcotráfico... y a nadie se le ocurre dar carta blanca a la policía para que se salte a la torera las libertades ciudadanas.

Carta abierta a Bibiana Aído

Estimada Señora Ministra:

Sinceramente, ya comenzaba a pensar que, de acuerdo con los tiempos que corren, era el suyo un ministerio virtual, y usted una ministra cibernética, que sólo existían en la red con el objeto de igualar (de ahí el nombre del ministerio) el número de ministros varones y hembras en el Gobierno. Tal era la ausencia de propuestas, leyes, sugerencias y decretos que de su vacío (y caro) ministerio surgían.

Veo, sin embargo, este viernes, que de las entrañas de su ministerio nacerá (parece que este verano) una proposición de ley que, si no es abortada en los plazos previstos por riesgo manifiesto para la salud de España, se convertirá en una ley que permitirá (sin entrar en demasiadas consideraciones) el aborto libre y sufragado por la Seguridad Social.

Vaya por delante, Señora Ministra, que, aunque pueda parecer lo contrario, no estoy en contra del aborto. De lo que estoy en contra es de la utilización del aborto como método anticonceptivo; como coartada para el abandono de cualquier tipo de responsabilidad en la conducta sexual; como salida rápida (nunca sencilla, eso debe quedar claro) ante una situación inesperada que permite una amplísima variedad de decisiones antes de recurrir a la cirugía.

Esta consideración ya debería haber bastado para haber originado un debate abierto entre todas las fuerzas parlamentarias, primero, y del resto de la sociedad, en último término, sin recurrir a oscuros "comités de expertos" reunidos para consensuar unas conclusiones ya dictadas de antemano por quien les reunió y les pagó.

Pero si este tema ya era de por sí lo suficientemente grave, su social y progresista gobierno debía, además, diferenciarse del resto del mundo. Como dijo hace meses su superiora, la Vicepresidenta, la ley debía ser "vanguardista"; debíamos ir por delate del resto de los países civilizados aunque sólo fuese en esta cuestión. Así que decidieron "otorgar" el "derecho" a abortar a las menores de edad; y no contentos con esta barbaridad, decidieron permitir que no fuese necesario el permiso paterno.

Las razones que argumentó este viernes para apoyar esta decisión son muestra, Señora Ministra, o bien de su nula capacidad intelectual, o de su absoluta falta de escrúpulos a la hora de intentar manipular y engañar a la sociedad española. Con todo su descaro, adujo que una niña de 16 años puede casarse y tener hijos, lo que, a su juicio, la debería capacitar para poder abortar sin permiso de sus padres.

Lo que se olvidó muy convenientemente de decir es que para casarse, una menor de edad debe contar con el permiso expreso de los padres, así como con una resolución judicial que ratifique esta autorización. Nada de esto, Señora Ministra, será necesario para abortar.

Olvidó también mencionar que, en caso de hijos nacidos de una menor, éstos pasan a ser tutelados por los abuelos, hasta que la madre alcance la mayoría de edad, sin contar, por supuesto, con que el médico que atiende el parto está obligado a informar a los padres de la menor de que ésta ha dado a luz. Nada de esto, Señora Ministra, será necesario para abortar.

Porque, si nos ponemos a pensarlo (le recomiendo que lo haga, Señora Ministra) cualquier tipo de intervención quirúrgica sobre un menor, desde una apendicitis hasta un transplante de corazón, necesita el consentimiento y la autorización expresa de los padres. ¿Cuál será su justificación? ¿Que el aborto no es una intervención quirúrgica? Hay mujeres, Señora Ministra, que mueren en el quirófano mientras se someten a un aborto, legal o no. ¿Quién será en este caso responsable de la posible muerte? ¿La menor?

Existen cientos de cosas, Señora Ministra, que un menor de 16 y 17 años no puede hacer sin el consentimiento de sus padres; cosas mucho más inofensivas, como abrir una cuenta corriente, dar de alta una línea de teléfono, matricularse en un instituto, viajar al extranjero, casarse, firmar un contrato, operarse la nariz... La lista sería interminable. Otras muchas cosas, además, les están directamente prohibidas, como conducir un coche, votar en unas elecciones, afiliarse a un partido político, matricularse en la Universidad, practicar submarinismo, donar sangre, presidir el Gobierno de España...

Abortar, por lo que parece, no estará entre ellas. Abortar será una decisión lo suficientemente trivial y anodina como para que un menor de edad, que según la ley no tiene juicio para casi nada pueda tomarla sin consultar a nadie y sin informar a nadie, de la misma forma que usted intentará sacar adelante esta ley: sin pedir permiso a nadie, y consultando únicamente a su amigo del alma, el adolescente, que en estas cuestiones, por lo que se ve, tiene el mismo juicio que usted.

Para esto, Señora Ministra, no era necesario que su Ministerio saliese de la virtualidad.

miércoles, 25 de febrero de 2009

R10

Ahora, a una distancia de casi cuatro años, es el momento de juzgar los argumentos esgrimidos cuando, tras la renuncia de Aznar, el PP se debatía entre la continuidad y el acercamiento a posiciones más socialdemócratas. Un debate que llevó a polarizar al partido entre los partidarios de la línea seguida por Aguirre, Oreja, San Gil, Acebes, Zaplana... y los partidarios de Gallardón, Feijoo, Arriola...

A una distancia de casi cuatro años, sin embargo, se hace evidente (a mí por lo menos me lo parece) que el debate estaba viciado desde el comienzo; y estaba viciado desde el momento en que uno de los adalides de una de las corrientes era el candidato preferido por el partido rival. Hablo, cómo no, de Gallardón.

Estaba viciado, además, por la eterna costumbre de la derecha española de carecer de medios afines que actúen como formadores de opinión. Así, medios tradicionalmente progresistas consiguieron convencer a la cúpula del PP de que sus votantes tenían unas ideas que, en realidad, no tenían. Esas ideas podían resumirse en una sóla: El PP debía completar su viaje al centro si quería volver a gobernar.

En la calle, el debate existía. El argumento, siempre el mismo, definía a los colaboradores de Aznar como un lastre del que debía liberarse el partido para dar paso a nuevas caras, más acordes con los nuevos tiempos. Esas nuevas caras eran indefectiblemente, la de Gallardón y sólo la de Gallardón.

Recuerdo que en mis muchas conversaciones sobre este tema, utilizaba habitualmente dos argumentos centrales; el primero era que el PSOE nunca apoyaría a un candidato del PP que pudiera dejarles a ellos en la calle, y por lo tanto, su apoyo a Gallardón tenía que entenderse siempre como una apuesta a caballo perdedor; el segundo era que no podía darse como hecho demostrado que viajar a la izquierda para recoger votos desencantados con el PSOE asegurase mantener los votos de los votantes de derechas.

Modestamente, creo, a una distancia de cuatro años, que el tiempo me ha dado la razón. A mí, y, desde luego, a tantos otros que han mantenido todo este tiempo esta misma opinión. Los máximos defensores de la teoría del viaje al centro no eran, en su mayoría, votantes del PP, y mucho me temo que seguirán sin serlo. Sin embargo, un abandono gradual, pero evidente, de los valores que dieron al PP la mayoría absoluta en el año 2000 no sólo no ha hecho que aumente su intención de voto, sino que ésta sigue descendiendo.

¿Y dónde se ha ido toda esa intención de voto? Mucha, desde luego, a la abstención, pero no es poca la que ha pasado a engrosar las filas de los votantes de Rosa Díez. Lo que, desde luego, no deja de ser curioso. UPyD se creó con la intención de aglutinar el voto de los seguidores socialistas desencantados con la deriva separatista y balcanizante que estaba tomando la política del PSOE. Sin embargo, a los que ha atraído ha sido a los votantes del PP que están hartos de ver cómo su partido ha dejado de denunciar esos mismos atropellos. En otras palabras, como muchos ya previmos hace años, un votante del PSOE preferirá quedarse en casa antes que dar su voto a un partido de derechas. Sin embargo, muchos votantes del PP preferirán votar a un partido socialista tapándose la nariz si esto sirve para asegurar unos valores generales, compartidos por casi todos, que están por encima de las diferencias ideológicas secundarias.

La crisis económica y los continuos escándalos políticos han creado un enorme hastío político entre la población, que llevará seguro a un gran aumento de la abstención. Y por primera vez, el PP no sólo no será el gran beneficiado de esta abstención, sino que será el gran perjudicado. Quien se beneficiará de esta sangría de votos es UPyD, precisamente el partido, junto a IU, que peor relación escaño/voto tiene. Éste ha sido el resultado del viaje al centro del PP, ese viaje preparado y pagado por José Blanco con la inestimable colaboración de Gallardón, a quien un día le convencieron de que si lograba imponer sus visiones socialdemócratas en el Partido Popular se convertiría casi en presidente vitalicio del Gobierno. A cuatro años de distancia, contemplo con horror que no me equivoqué en casi nada.

viernes, 16 de enero de 2009

Un apunte breve

¿Alguien sabe dónde está Jesús Caldera? Sí, hombre, ese chaval alto con gafas, que fue ministro de no sé qué, que luego se peleó con Zapatero y ahora anda perdido por ahí. Ese que fue en su día diputado por Salamanca, y que juró que los papeles del archivo saldrían por encima de su cadáver. Ese que manipulaba con Tippex los informes oficiales para que dijesen exactamente lo que el Gobierno quería que dijesen...

Parafraseando la vieja canción: ¿Qué le estará pasando al probe Jesús, que jace mucho tiempo que no sale? (Aviso a la SGAE: no, no he pagado derechos de autor por utilizar este verso).


Pues resulta que en el PSOE se han sacado de la manga una fundación (Fundación Ideas, se llama), del estilo de la Fundación FAES del PP, pero en progresista, y han puesto al tal Caldera al frente, para difundir por todo el mundo y parte del extranjero las ideas más profundas del catecismo socialista. Y hete aquí que nos encontramos esta semana pasada al individuo, con su fundación a cuestas, en Santiago de Chile (donde, por cierto, coincidió con María San Gil y FAES) dando una conferencia sobre... cambio climático. Claro, no podía ser de otra forma. La fundación del PSOE sólo puede dar conferencias sobre cambio climático y sobre alianza de civilizaciones. Que será una fundación, pero las ideas, por lo que parece, se han quedado en el nombre.


Y cualquiera con un poco de inquietud y de ganas de saber se preguntará: ¿Y por qué se ha ido tan lejos este pollo para dar una conferencia sobre cambio climático? Y yo, que he escrito este post con el único objeto de contestar esta pregunta, respondo que las razones son dos. La primera es que debía buscar un país donde se hablase español, y eso restringe el destino básicamente a Hispanoamérica. La segunda, y quizás más importante, es que ahora, en Chile están en pleno verano, y deben de estar sudando la gota gorda.


Si hubiese dado una conferencia sobre calentamiento global el viernes pasado en Madrid, le habrían corrido a gorrazos.


Hay algunos que, definitivamente, no tienen remedio.


NOTA: Me parece superfluo aclararlo, pero hay gente muy mal pensada: María San Gil NO estaba participando en la conferencia sobre cambio climático. Faltaría más.

lunes, 12 de enero de 2009

Respuesta desproporcionada

A nadie se le debe escapar que la forma de hacer la guerra ha cambiado, quizá definitivamente. La manera tradicional, en que dos ejércitos se enfrentaban en un campo de batalla elegido previamente, lejos de la población civil, ha dado paso a una especie de carnicería en la que no hay diferencia alguna entre civiles y combatientes, y en la que, consecuentemente, la propia batalla se libra en medio de la población civil.

El concepto moderno de guerra fue magistralmente interpretado por las guerrillas comunistas de Vietnam del Norte, primer caso en la historia en la que no había diferencia alguna entre la población campesina y el Vietcong. El ejército americano, mucho mejor pertrechado y entrenado, cayó en la trampa, víctima del legalismo de la Convención de Ginebra, incapaz de decidir si la población de la aldea que acababa de ocupar
eran campesinos aterrorizados por la dictadura comunista o guerrilleros dispuestos a inmolarse haciendo explotar una granada oculta.

El ejemplo de la guerrilla norvietnamita cundió rápidamente entre los grupos guerrilleros/terroristas, sobre todo, cuando, tras la caída de la URSS, se vieron sin el apoyo económico y militar del que habían disfrutado hasta los años 80. Evidentemente, las "milicias" palestinas no iban a ser ajenas a esta transformación, sobre todo después de la larga experiencia que acumulaban como grupos terroristas, en la que el daño a la población civil no era un efecto colateral de su lucha, sino el objetivo último de ésta.

Al Fatah, primero, y Hamas, después, han elegido no enfrentarse directamente con el ejército israelí: saben que no tienen fuerza suficiente, no ya para vencerlo, sino simplemente para soportar sus embestidas. Es por eso que han elegido el terrorismo como forma de enfrentarse a él; han desencadenado una lucha de civiles contra civiles con el ánimo de provocar al ejército y desencadenar una carnicería. Arman a sus mujeres con cinturones de explosivos y las mandan a los mercados de Jerusalén, donde matan a israelíes y palestinos, a militares y a civiles, a clérigos y laicos... Luego Israel cierra sus fronteras para evitar la entrada indiscriminada de suicidas y es vituperado por medio mundo por bloquear a los territorios palestinos. Lanzan cohetes desde las escuelas y hospitales de la franja de Gaza contra campamentos de civiles, esos mismos civiles que, voluntariamente abandonaron Gaza para entregársela a un grupo terrorista que ahora utiliza a las mujeres y los niños como escudos humanos... Luego Israel ataca los emplazamientos de lanzamiento de misiles y es insultado por el mundo entero por atacar objetivos civiles.

Todo aquel que arguye que los métodos de Israel son desproporcionados debería explicar por qué entiende la guerra como un acto de pura venganza. Debería explicar si, a su entender, Israel tendría que limitarse a lanzar cohetes sobre la población civil palestina, ya que eso es exactamente lo que hacen los terroristas de Hamas. Debería explicar si, según su preclara inteligencia, Israel debe renunciar a defender a su población porque así ocasiona víctimas entre la población palestina. Debería explicar, en fin, dónde se encuentra el límite de la proporcionalidad, para así saber hasta dónde debe aguantar un estado el asaeteamiento indiscriminado de su población civil antes de intentar detener los ataques.

En Israel viven alrededor de un millón y medio de palestinos, sobre una población total de algo más de siete millones de personas. Estos palestinos disfrutan de derecho a voto, educación, sanidad, vivienda, trabajo... y seguridad, siempre que no se crucen con un "compatriota" dispuesto a liberarlos de su esclavitud. Cuando, hace unos años, Israel se retiró de los territorios de Gaza y Cisjordania, dejaba unos pocos miles de colonos, en asentamientos dentro del nuevo territorio palestino. Los acuerdos de paz impusieron la expulsión inmediata de estos colonos al territorio israelí, obligándoles a abandonar sus hogares porque la Autoridad Palestina no estaba dispuesta a tolerar a judíos viviendo entre ellos. Bonita reciprocidad. Pues bien: estos colonos que se vieron obligados a abandonarlo todo, son los que ahora deben soportar estoicamente la lluvia de misiles sobre sus nuevos hogares prefabricados, sin ser, de ninguna manera, un objetivo militar, ya que, todavía, el ejército israelí entiende la guerra a la vieja usanza y no utiliza a su población civil ni como combatientes ni como escudos.

Cuando, durante el desembarco de Normandía, los defensores alemanes ametrallaban desde sus búnkers a las tropas aliadas, éstos replicaban con fuego de artillería, lanzallamas y bombas de mano. Alguna vez, estos progres de pacotilla nos tendrían que explicar si fue también una respuesta desproporcionada.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

1984

Cuando hace unos meses leí 1984, me invadió una sensación de congoja y angustia como nunca me había provocado la lectura de un libro, ya fuese de ficción o no. Una angustia debida a que, en mi fuero interno, estaba realmente convencido de que el futuro presentado en la novela, lejos de ser irreal e inalcanzable, era la meta a la que nos acercábamos a pasos agigantados, con los brazos abiertos y rebosantes de alegría.

Lo que más me repugnó de esa sociedad es que sus tentáculos se extendían desde las más altas cumbres del estado hasta los más íntimos pensamientos y creencias del ciudadano/súbdito. No basta con que cada persona sea un ciudadano ideal; no es suficiente con que acate todas las normas y se comporte en cada momento como le reclama el líder... es necesario que sus más íntimas creencias, sus pensamientos más personales, se ajusten también al modelo exigido por el partido. Para ello, no dudarán en tenderle trampas, hacerle creer que se encuentra en un ambiente donde sólo él y su corazón están al tanto de sus actos... para acto seguido caer sobre él y hacerle comprender que en ningún sitio puede esconderse del ojo que todo lo ve.

Y todo ello, claro, en nombre de la libertad, de la misma forma que se hace la guerra en nombre de la paz, se tortura a la gente en nombre del amor y se falsifica la historia en nombre de la verdad.

Y es que en nombre de la libertad se han cometido, seguramente, las más horrorosas atrocidades de la historia de la humanidad. Era, por lo tanto, cuestión de tiempo, que nuestro gobierno, al que no se le cae la palabra libertad de la boca, comenzase a dar muestras de lo que significa la libertad para el socialismo.

En la misma semana en que la Vicepresidenta de Gobierno presentó una ley de derechos humanos que acaba de hecho con la libertad religiosa en España, se ha producido un hecho en la Fiscalía General del Estado que ilustra este concepto. En sintonía con las fechas en las que nos encontramos, y de común acuerdo con otros compañeros, la fiscal Olga Sánchez decidió instalar en el vestíbulo de la Fiscalía un navideño belén. El experimento, sin embargo, duró sólo hasta que fue descubierto por otra fiscal, Pilar Barrero, que exigió su retirada inmediata porque constituía una agresión a la libertad religiosa.

Cuando el concepto de libertad implica en primer lugar una prohibición, siento que estamos más cerca de la libertad de 1984 que del significado clásico del término. En este caso, la libertad es sólo para unos pocos, y siempre que sus ideas coincidan con lo establecido por el poder. Diciéndolo de forma más clara, libertad es que yo pueda hacer lo que a mí me dé la gana, y al mismo tiempo, que los demás puedan hacer también lo que a mí me dé la gana.

Me pregunto qué sucedería si a alguien se le ocurriese prohibir la publicidad de los partidos políticos porque supone una agresión a la libertad de pensamiento. Si alguien fuese arrancando los carteles de la ya tradicional fiesta del PCE porque el Estado no profesa ninguna idea política determinada. Qué sucedería si las autoridades me arrebatasen mis propiedades porque son una agresión al derecho a la propiedad privada. Qué pasaría si desde el poder comenzasen a cerrar emisoras de radio y periódicos porque atentan contra la libertad de expresión...

Esto no es ninguna broma. Tenemos que comenzar a despertar ya. Cada pedazo de libertad que perdemos es imposible de recuperar. Pero además, cuantas más libertades cedemos, más rápidamente perdemos las libertades que nos quedan. Porque hoy se prohíbe poner un belén, pero mañana se nos sancionará por poner un belén, y pasado mañana iremos a la carcel porque no nos parece mal poner un belén. Igual que en 1984.

domingo, 9 de noviembre de 2008

Ponle freno

Muchas veces, las iniciativas ciudadanas tienen la virtud de desenmascarar las carencias de los gobiernos, proponiendo soluciones concretas a problemas cotidianos, problemas que no son detectados por el estamento político porque hace mucho tiempo que dejaron de vivir la realidad, aupados como están en su Olimpo particular.

Más importancia tienen estas iniciativas ciudadanas cuando su objetivo es salvar vidas, dejando al descubierto las vergüenzas de un gobierno que se empeña en mirar para otro lado y en proponer soluciones incorrectas para problemas mal diagnosticados. Y un especialista en diseñar soluciones ineficientes es el ínclito Director General de Tráfico, señor Pere Navarro.


Yo siempre he sido de la opinión de que la disminución en el número de accidentes en carretera tenía más que ver con la reducción en el uso del coche, primero, y de la venta de coches, después; si llevábamos muchos años en los que el parque automovilístico crecía constantemente, mientras que el número de accidentes crecía con una tasa menor, era evidente que, cuando el número de coches dejese de crecer, los accidentes debían reducirse. Sin puntos, sin multas y sin radares. Pero desde la DGT llevan años criminalizando a los conductores, tratándonos como asesinos en potencia, o incluso como peligrosos criminales; poniendo radares en vías donde rara vez se ha visto un accidente y abandonando los tramos de carretera donde mayor cantidad de muertos se acumulan: los famosos "puntos negros", renombrados recientemente como PCAs, para quitar dramatismo.


Por ello son especialmente valiosas campañas como la llamada "Ponle freno", que pretende algo tan sencillo como que las administraciones propietarias de las vías de circulación informen a los conductores dónde se encuentran esos lugares peligrosos, lugares donde se concentran la inmensa mayoría de los accidentes mortales, y que, curiosamente, no se encuentran en las largas rectas de las autopistas, donde se concentran la mayor cantidad de radares. El conocimiento de que nos aproximamos a un tramo donde ha muerto una cantidad anormalmente alta de personas nos permitirá extremar las precauciones y estar prevenidos ante cualquier imprevisto que pueda acabar provocando un accidente.


¿Por qué es especialmente importante este conocimiento? Porque, a pesar de las consignas que nos martillean desde hace años, un conductor, sobre todo en un viaje largo, no puede estar continuamente en estado de máxima alerta, previendo cualquier tipo de imprevisto. Cuando estamos al volante, asumimos que delante de nosotros tenemos un camino despejado, y en condiciones aceptables para circular; es imposible conducir asumiendo que, detrás de cada curva nos vamos a encontrar con una vaca en medio de la carretera.


Tampoco ayuda la excesiva proliferación de señales de peligro y de prohibición. Cuando en determinados tramos de la autopista A6 en Madrid (seguramente una de las autopistas más seguras de España) nos encontramos con limitaciones de velocidad a 90 kilómetros por hora sin ninguna justificación, la próxima vez que nos encontremos esta señal de limitación en otra carretera, no podremos saber si realmente indica un tramo que, por su riesgo, deberíamos pasar a esta velocidad, o si es otro capricho del legislador, que necesita tramos con limitaciones absurdas para poner multas. Asimismo, no es lo mismo una señal de curva peligrosa en una carretera ancha, con arcenes, buen firme y una única trazada, que la misma señal en una carretera estrecha, mal pavimentada y con varios cambios de trayectoria y un cambio de rasante. Esta última seguramente se convertiría en una trampa mortal, y es una aberración que ambas se señalicen de la misma forma.


¿Qué lleva, entonces, a la DGT, a no hacer suya esta campaña y a no señalizar los puntos donde tenemos mayor probabilidad de dejarnos la vida? Cualquiera que haya leído habitualmente las entradas de este blog sabrá que no suelo ser malpensado, pero algo me hace temer que interesa mantener elevado el número de muertos en carretera para ejercer acciones punitivas sobre los tramos de baja siniestralidad, con un afán puramente recaudatorio. En las manos de la DGT está el demostrar que esto no es cierto.